• S.Ch.

Mientras huíamos - Él

Estábamos cerca de la ventana, esperando lo inevitable. Estaba todavía oscuro y yo sujetaba su cuerpo entre mis brazos como me gustaba hacerlo: abrazándola fuerte, apretando su pequeño cuerpo contra mi.


No quería que la hora llegara, tan sólo quería cerrar los ojos y sentir el perfume de su piel. Sentí sus cabellos suaves contra mi cuello y me pregunté cómo iba a hacer para olvidarla. No podría, ni tampoco quería. Quise grabar cada mínimo detalle en mi mente para que nada escapara a mi memoria el día que ella tan solo fuera un recuerdo. Mi garganta se cerró un poco más. Tuvo que hacer un esfuerzo para que ella no lo notara. Debía mantener el control.


Su respiración tranquila, su sonrisa, su piel, su piel, su piel. Y todas sus locuras, cuando hacía cualquier tontería para hacerme reir. Sonreí en mi interior. Todas esas veces que se ponía de pronto a bailar con su cuerpo ligero, sus movimientos graciosos, su bonita sonrisa. Ella hacía que el ritmo de mis días fuera fácil. Con todas sus pequeñas atenciones y juegos. Me llenaba de ánimo, de fuerza, de ganas. ¿ Podría yo vivir sin su amor ? ¿ Sin su risa fácil ? Iba a soñarla cada día.


Y cada noche. Ella iba a faltarme cada una y todas las noches. Cada noche que ella me rodeaba con sus brazos. Yo ni siquiera entendía cómo se las arreglaba para encontrar siempre la forma de abrazarme con sus finos brazos. Yo dormía y sabía simplemente que ella estaba allí. Que me buscaba. ¿ Podía ser más bendecido ? Y cuando yo me volvía porque no podía dormir y encontraba su boca sonriente, dispuesta a recibir mis labios. A conversar. A escuchar. Un corazón tan dispuesto a amarme. Un corazón latiendo con al mío. Ella iba a la par con mis sueños, mis aspiraciones, mis proyectos. Ella construía siempre junto a mi. Fiel. A veces me hacía reír con sus ideas originales. También era exasperante , muchísimo a veces. Entonces la tomaba en mis brazos para que se callara. Ella ponía esa cara de frustración que yo amaba tanto. Me gustaba cuando se enojaba y fruncía el ceño enfurruñada. Nunca podía enojarse más de 10 minutos. Era demasiado amorosa. Su corazón desbordaba. Siempre me hablaba con palabras suaves, conciliadoras. No nos poníamos de acuerdo finalmente pero casi siempre nos besábamos y todo iba bien. Con ella todo podía ir siempre bien. Era fácil vivir, reir, divertirse. ¿ Por qué no podíamos encontrar esta vez también una solución ? ¿ Por qué esta vez la única salida era separarnos ? ¿ Le estaba fallando ? ¿ Debía aun pensar y encontrar una alternative ?


No me había dado ni cuenta y ella ya se había levantado y yo caminaba detrás. Me vi guiándola en medio de los oscuros pasillos, exactamente como lo habíamos planificado, como se suponía que debíamos hacer. Pero yo ni siquiera entendía lo que ocurría. Mi única referencia era su cuerpo y avanzar. No podía soltarla. Mis manos no querían por nada en el mundo separarse de ese cuerpo, ese cuerpo, ese cuerpo que era para mi, su cuerpo para respiración. Mi corazón comenzó a latir muy fuerte en mi pecho. ¿ Iba realmente a perderla ?¿ Iba a tener que decir adiós a esos ojos brillantes ? ¿ A la luz de mis mañanas, de mis atardeceres, de mis mejores recuerdos ? Tenía seguro que encontrar algo, debía algo que pudiera hacer. Pero yo sabía.


Yo sabía. Mi voz interior, mi paz más profunda, mi madurez fría me lo decía. Buscaba excusas para no verla partir. Pero yo sabía muy bien que esta vez debía decir sí a lo que mi alma gritaba no. Sí al adiós. No a mi amor. Esa mujer. Mi mujer. Mía. "¿ Por qué Dios mío ?" Lloré una vez más en mi alma. "Si me amas, dejame conservarla a mi lado. La necesito. Por favor. La amo. Pero que no sea mi voluntad sino la tuya". Sentí algo tremendamente amargo en la boca del estómago. Y al mismo tiempo une serenidad diferente apaciguó mi ser, retuvo mi respiración agitada.


Estábamos de pie en mitad de la oscuridad. Apreté su cintura porque ella temblaba. Recordé nuestra primera noche juntos. Deseé volver a esos momentos dulces. Poner mi mejilla junto a la suya, como esa noche, para calmarla, para decirle que la amaba y que solamente seríamos nosotros dos. El uno para el otro. Que la cuidaría. Deseé susurrarle al oído palabras de tranquilidad. Acariciar sus hombros. ¿ Iba a poder sostenerla entre mis brazos una vez más en esta tierra ? ¿ Íbamos a sobrevivir a esa persecusión, esa locura ?


En medio de la noche lo único que podía ver eran sus ojos observándome. Me miraban con verdadera ternura. Ella podía leer mi alma. Me conocía completamente. Podía ver mi corazón y entenderme. Lo acariciaba sin decir nada. En sus ojos brillaba la misma lealtad que el día que se había casado conmigo. Segura. Contenta. Para siempre. Supo que estaba pensando en nuestra promesa. Sabía cuando le costaba entender ese punto : si nos habíamos prometido de no abandonarnos jamás, ¿ cómo íbamos a separarnos esa noche ?


Vi que su cerebro estaba tramando algo rápidamente y esa chispa que se encendía en su mirada cuando había tenido una idea apareció un instante. Guardó silencio sin embargo y supe que obedecía en silencio. Yo también obedecía acallando mi sed. No podíamos desir nada. No había nada para decir. Lo sabíamos todo. Sabíamos que nos amaríamos hasta el último día de nuestras vidas y por toda la eternidad. Porque nuestros corazones habían estado formados para eso. Amar eternamente. Hacer el bien por encima de todo, incluso antes de nuestros propios deseos.


Ella me sonrió de pronto con una dulzura, una humildad, una paz. Era de una belleza sobrenatural. Pensé que solo un alma en Cristo podía ser tan fuerte, tan tierno en la desesperación. Entendí que solo el Espíritu de Dios podía hacer bella, bella, bella esa mujer que sufría, que estaba sufriendo mucho. Y estaba resplandeciente. La criatura más bella que yo había jamás visto. Y era mía. Y lo sería para siempre. Era mi mujer. Y lo seguiría siendo dondequiera que fuera. Sin importar la distancia. Ella sería siempre mi mujer.


Agradecí con todas mis fuerzas esa gracia en mi vida. Agradecí con todo mi corazón su dedicación, su paciencia, su compasión, sus horas, su alegría. Su amor leal y completo.


Ella me dio un tierno beso en el dorso de la mano y supe que la marca de ese beso permanecería en mi piel, transparente, para siempre. Agradecí una vez más ese regalo. Ella era mi perla, lo sería cada día. Tiré de ella hacia mí. Quería sentirla cerca mío una última vez. Quería sentirla. Quería sentirla bajo mi piel. Me dejé mimar por sus manos cerrando los ojos y después la besé. La besé con todo mi ser, con todas las ganas de mi alma. Como la primera vez que la había besado ardientemente para hacerle saber a ella, al Dios de los cielos y toda la tierra que honraba a esa mujer, que la respetaba profundamente y la deseaba realmente para cuidarla preciosamente.

Nos miramos una vez más. Una paz, un silencio sobrenatural nos sostenía, reinaba entre nosotros. Mis dedos acariciaban los suyos. Su piel tan suave como siempre. Sus manos tan delicadas. Su anillo contra el mío. Nuestra promesa era para siempre.


La miré alejarse valientemente con esa valentía que me había impresionado tanto en ella hasta enamorarme. Mi mujer; estaba hecha de valentía y belleza y la volvería a ver. Mi mujer; la miré irse sabiendo que la volvería a sostener en mis manos. Porque oré y supe que Dios la guardaba hasta que volviéramos a vernos, un día... antes o después la muerte, en esta vida o la que está por venir.




Crédito foto : Jackson David
Texte añadido por S.Ch.

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