• S.Ch.

Los fuegos de la envidia

Voy a hablarle a la envidia esta noche.

Le voy a contar sobre un Dios de amor, bueno, santo y puro. Esa es mi fé: mi Dios es luz y en Él no hay un ápice de oscuridad.


La envidia me atormentó cuando era pequeña: fui víctima de niñas que me detestaban. No me querían; me odiaban. Y yo estaba asustada, sola y triste. Muy triste.


Queriendo ignorar esa realidad me forgé una personalidad independiente, llena de esperanza y sueños de una realidad mejor.


No quería causarle problemas a nadie y hacía muchos esfuerzos por caer bien a todo el mundo. Incluso a esos ojos que me despreciaban. Los celos me rodeaban como una sobra sin tocarme. La envidia me lanzaba golpes que me hacían trastabillar.


Cuando crecí yo misma tuve una cita con la envidia. Me golpeó tan fuerte que resquebrajó las puertas de mi corazón y envenenó mis venas.


Yo era apenas una jovencita, débil, y llena de miedos tras la suma de muchos fracasos. Corría en una carrera que no me pertenecía y llegué a detestar mi propia piel. Los objetivos que yo no podía alcanzar brillaban en los currículos de las otras chicas. Entonces una voz ácida me siseó al oído: "¿ no son ellas mejores que tú ?". Otras mujeres avanzaban mientras que yo me comparaba y daba golpes al aire.


Como una serpiente, la envidia me mordió.

Yo corri, lejos, muy lejos.

No queriendo mirar siquiera a esas mujeres. Alejándolas de mi para no envidiarlas.


Me forgé así una personalidad de piedra, endureciendo mi corazón. Los celos habían corrompido mi alma, apenas logré escapar a su abrazo mortal.


Y depués un día conocí los fuegos de la envidia de manera devastadora. Los celos me quemaron viva. Mi corazón chillaba, mi alma se retorcía y no podía escapar de ese odio terrible. La envidia era un peso tan aplastante sobre mis hombros y cráneo que quebrantó mi corazón irremediablemente. Sobre todos mis huesos se derramó el veneno de la envidia. Ella reclamaba mi piel. Los celos comían mis entrañas. La envidia me perseguía todo el día y me visitaba en mis sueños por las noches.


Fue el día que una mujer cualquiera apareció en mi vida que todo comenzó. Cada vez que la veía los celos me opimían el corazón entre sus garras como un depredador ávido de mi sangre. Y yo no sabía como escaparme. Me ponía de rodillas sin saber a quien rogar, queriendo que todo eso terminara. Yo no quería odiar a esa mujer. Ne le deseaba el mal. Y sin embargo ella representaba todo lo que yo deseaba tanto en ese momento.


Ciertamente, en ese momento yo estaba en la búsqueda más intensa. Aspiraba a una vida de éxitos con un tal hombre, un tal destino, un tal fin. Y me había lanzado en esa conquista un día cualquiera con una avidez culpable. Fue entonces que esa mujer apareció al día siguiente mismo que yo había besado esos labios envenendados por primera vez.


El hombre al que yo acababa de darle mi corazón, yo lo sabía, simplemente no me amaba. Y ella, yo lo sabía, apareció con todos los boletos para ganarse su corazón. Y lo hizo. Naturalmente, lentamente, irremediablemente. Esa mujer fue conquistando el amor de ese hombre que yo deseaba alocadamente. Día tras día y delante de mis ojos. Durante meses hice todo para continuar a llamar su atención. Poco a poco él se volvía más frío e indiferente. Como un producto consumible y desechable, él bebía de mis pequeñas atenciones. Sin amar ni un solo de mis poros. No era mas que comódidad mientras que su corazón latía más y más fuerte por esa mujer.


Así yo viví, la envidia, paso a paso, agonizante. Estaba ciega y caprichosa. ¿ Por qué correr tras construcciones nacidas muertas ? Er auna batalla que yo ya había perdido antes de comenzar: no podemos forzar a nadie a que nos ame: o el amor hacia nosotros está en su corazón o no lo está.


Lo que me ponía más celosa era la facilidad con la que él se había enamorado de ella. Que no habia hecho nada. Y yo, yo lo di todo. Me acostaba cada noche y me levantaba cada mañana bajo al sombra del vacío, la humillación y el rechazo. Me sentía muerta en mi propio cuerpo. Y entonces me volví como esa de la que yo siempre había huído: una mujer celosa.




¿ Cómo escapar ?

¡ Señor mío y Dios mío !

Rescátame; enséñame a ser más

como tú.

Más de tu bondad, más de tu verdad; y todo el mal arráncalo de mi alma.

Santifica mis pensamientos, mi decisión.

Haz de mí una guerrera que pelea por tus caminos.


Dios gracias, Él vino a buscarme. En ese momento Jesús de Nazareth me habló de su perdón un día cualquiera. Me contó como Él había derramado su sangre para salvar mi alma. Y las cadenas de la envidia cayeron para liberar mi corazón y vida para siempre.


Esa mujer, lo creo sinceramente, hubiera podido conquistar el corazón de ese hombre con más respeto y cuidado hacia mi persona. Pero solo Dios conoce perfectamente los pensamientos en su interior a lo largo de toda esa tortura. A veces nos falta a todos un poco más de misericordia hacia los demás. Ese hombre hubiera también podido tratarme diferente. Y yo, yo hubiera debido guardar mi corazón más que cualquier otra cosa.


Es verdad a veces para todo el mundo; por falta de atención, de paciencia no nos damos cuenta de lo que nuestros actos provocan a nuestro alrededor y en nuestras propias vidas.


Hoy me acordé de esta historia porque tuve que revivir ese combate en mi alma. Recordé que cuando una mujer, a mi alrededor, recibe en su vida lo que yo deseo voy a dar gracias a Dios por ella. Porque mi corazón no pertenecerá nunca más a la envidia. Otras mujeres pueden tener todo tipo de bendiciones, no deseo estar en una carrera de comparación con ninguna de ellas. Dios me liberó de las lianas de la envidia para siempre.


Es una elección: no voy a maldecir. Voy a bendecir. Admirar. Animar. Respetar. Amar. Poco importa lo que Dios me quitará, y lo que otras recibirán. Yo confío plenamente en Él. Hay un camino para cada uno. Mi carrera con un Dios de bondad es la de la fraternidad, la comunión y la unión en Jesucristo con todos mis hermanos y hermanas. No hay un ápice de oscuridad en la luz del amor de nuestro Señor. Y ese amor reina en todo de mí.


Esta noche voy a hablar a la envidia y le voy a decir claramente: apártate de mí satanás.

Porque yo respeto toda mujer sea cual sea la bendición del Padre en su vida.

Mi porción es Dios, Jesús y el Espíritu Santo.

Mis riquezas están en los lugares celestiales. Nada de lo que podamos recibir aquí se compara con la corona de la vida eterna.

No te me acerques, aléjate. No voy a huir más a ningún lado.

Porque voy a defender mi corazón con ferocidad y determinación.

Porque mi Padre del cielo es celoso y defiende mi corazón, su iglesia, mi salvación.


Crédito Foto: Patrick Fore 1 y 2

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