• S.Ch.

Heridas del alma

Mis à jour : août 9

Parte 1 : Un combate de todos los días


Hay mentiras que escuchamos en nuestra cabeza y en las que creemos. Cuando hemos vivido cosas que nos han lastimado y el dolor es demasiado fuerte. La vergüenza atormenta nuestra consciencia una y otra vez. Esa vergüenza que vuelve, acosa, condena. La acusación puede hacernos sentir muy pequeñitos con su aliento pútrido.


Es una voz mentirosa que impregna mis sentidos con insistencia : "vas a estar para siempre emocionalmente herida sin saber hacia dónde vas". Sisea maliciosamente en mi oreja.


Es la voz del enemigo que sonríe con dientes putrefactos queriendo robar mi entusiasmo, borrar mis colores, destruir, masacrar, exterminar.


No tengas miedo de ponerle nombre a tus temores : la ausencia de amor, la oscuridad, el vacío. La falta de confianza, el terror, la duda.


Grrrrrrrrr. No quiero escuchar más esa voz, a ese gigante diabólico que encarna todo el mal, la crueldad, la desesperanza, la maldición. Está ahí, rondando como un depredador hambriento. Furtivo. Listo para arrancarme la ilusión de los ojos, el alma del cuerpo, la vida de los huesos. Mi alma está herida y los golpes no cesan. Pero, es cierto, es más fuerte que yo y me aplasta contra el suelo. Es cierto también que yo peleo por levantarme una y otra vez y que ¡ me caigo sin parar todavía hoy !


Puedo decirlo sin esconderme porque la mano del Dios vivo vino a rescatarme y viene a buscarme en cada ocasión.


Yo me levanto, Él me sostiene, me guarda, me vuelvo a levantar. Todos los días, en permanencia, sólo puedo hacerlo con Jesús, la palabra de vida, mi defensor y libertador.



Parte 2 : Un combate encarnizado


Sí, la voz de Dios me recuerda que no debo abatirme bajo la voz de la condenación porque ya he sido justificada. Pero caigo por momentos bajo el peso de esas mentiras de las que fui esclava. Dios me hizo salir de la esclavitud y ahora la esclavitud debe salir de mi interior. Estoy aprendiendo a dejar mi pasado atrás y es un combate encarnizado :


Cuando veo en el espejo las huellas de mis errores pasados. Esas cicatrices que revelan mi derrota, me recuerdan que debo aprender a quererme. Pero el reflejo me mira de vuelta, me dice que no puede ser cambiado. La vanidad se yergue como una sombra, me golpea.


Cuando una imagen imprevista me hace llorar durante horas enteras porque vuelvo sobre mis pasos. Vuelvo a todas esas veces que mendigué un poco de amor para recibir a cambio no más que un cariño artificial que se evapora como el sudor. Unos labios indiferentes. Unas caricias tóxicas. Y yo ya no quiero nada de eso porque yo creo en el amor verdadero, lleno de esperanza, compasión, paciencia, construcción y verdad. Pero, ahí estoy, mi reflejo mirándome; ¿no era yo, la misma de antes con esas marcas del pasado ? La vergüenza de esos errores me carcome los huesos, me sacude.


Cuando me cuestiono inquieta por mi manera de vestirme o arreglarme porque me habían señalado con el dedo "tú, que buscas conquistar seduciendo, vestida con malos espíritus". Tú. Mujer. Serpiente. Estimado, usted que ora por mi para liberarme y que osa tocar más de lo que jamás debería haberle permitido. ¿ Por qué no pare todo inmediatamente ? Mire sus manos, estimado; las mías me pusieron entre las suyas por error. Sí, me equivoqué y estoy furiosa. Y ¿ dónde está mi valentía, mi coraje ahora ? ¿ En el olvido, en el perdón, en la sed de justicia ? El orgullo me observa de lejos, me ostiga.

Es cierto, caigo a menudo rendida bajo la espiral de estas acusaciones y amenazas. Mi Dios ve mis entrañas retorcerse, mi impotencia frente a una lucha que no puedo ganar.


Esta batalla sobrepasa mis fuerzas porque no tengo ninguna. Miro mis manos, ¿ qué fuerza voy a encontrar en ellas ? Son éstas mismas que durante largos años pusieron mi confianza, mis esperanzas, mis ilusiones entre los dedos equivocados esperando verlas florecer en los lugares equivocados; eran áridos.


Hoy levanto mi voz gritando fuerte, muy fuerte: ¡ Abba Padre ! Para ser regada en los jardines del Eterno. Nada cambiará mi piel, pero nuevas historias podrán ser trazadas en ella por manos sanas, ojos bondadosos, tiernos besos.


Hoy mi Dios me hacer arder a fuego lento. Me arranca pacientemente las malas raíces. Yo siembro nuevas semillas, Él remueve la tierra buena. Con su amor restauramos mi jardín interior para construir juntos una nueva casa.


Hoy cuando me caigo no quedo acribillada porque Él me toma de la mano. Cuando me equivoco de voz y sufro, Él es fiel y me cubre con su mano poderosa.




Cuantas veces Dios mío,
aparté la mirada
fijando mis ojos lejos de
Tus mandamientos
para alejarme de
Tus leyes y
cuantas veces todavía
Tú viniste Jesús a buscarme, personalmente, para que no me pierda y descanse en
Tu mano.


Parte 3 : El combate del león por mi sanación


Cierto, mis heridas emocionales, físicas y espirituales me afectan, y tú puedes verlo. Cierto, no sé a dónde voy exactamente en este mundo. Pero no te detengas a mirarme con los ojos de los hombres;


Mírame con los ojos del Espíritu porque tengo la fé la más profunda y sólida, anclada en mis tripas, incendiada; la fé que Dios es soberano. Que Él me moldea a su voluntad para sacarme uno a uno mis traumas. Y cada herida ya no será una sino que encontraré en cada una la oportunidad de glorificar a mi Salvador.


Mírame bien porque la que muere en la cruz no es la misma que vivirá en Cristo. Porque ya no soy yo que vivo sino Cristo que vive en mí. Y no tendré más miedo de enfrentar las amenazas de la muerte, del enemigo mentiroso que buscó enterrarme viva en las profundidades de la violencia, la destrucción y la autocompasión.

Cantaré un cántico nuevo.

Pintaré con nuevos colores.

Floreceré con el perfume de Cristo.


Grrrrrrr. Mírame, un león ruge por mí, es el león de judá. Mi Rey ! Rugiendo victorioso.


Yo lo creo, yo lo sé. ¿ Y tú, tienes esa esperanza ?


Yo no conozco cuales son tus heridas más profundas. Pero sí sé que nuestro Señor Jesús es el Dios de la sanación. Entonces, deja que el león ruja por ti y conquiste todas tus batallas, día a día.


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