• S.Ch.

Amor a la par

El amor de los hombres ; por momentos un espejismo, de a ratos idealizado.


Un sueño infantil, una ilusión frágil. Un pájaro de alas plateadas que habrá desaparecido tan pronto haya sido soñado.


Hay una canción que dice "nada como ir juntos a la par".


Es hermoso ir juntos, lo es aún más cuando yendo juntos se va a la par. Es como la danza en la intimidad, el uno para el otro haciéndose uno solo.


Andar juntos es compartir un mismo ritmo del latido del corazón. Los corazones latiendo a la par, al unísono, cada uno dentro de su caja.


El alma que busca de tiempo en tiempo a otro para caminar en compañía. Un compañero de aventura. Ese amor que renueva, un amor que resulta revigorizante. La fuerza que empuja cuando todo va mal y el aliento que hace volar con las alas plateadas de lo imposible, un anochecer. Una espiral vertiginosa a veces, calma otras veces, que hace girar la cabeza de vértigo por momentos o la recentra en ocasiones. En todo caso, esa ilusión de rozar con la punta de los dedos la realidad del otro. El compartir la felicidad que se convierte en una sola saboreada a medias. Como dos bocas en un solo beso, ideas contradictorias, lugares de encuentro en medio de la oposición.


¿ Qué es el amor si no es esa danza de uno en los brazos del otro ? ¿ Respirar en la boca del otro ? ¿ Escuchar las palabras no dichas en el silencio apacible de la complicidad ? Mirar la diferencia frontalmente. Recibir la diferencia. Escucharla para admirarla.


¿ Qué es el amor del hombre ? Si no es sumergirse en la profundidad de los ojos del otro, en la verdad del otro, la sed del otro, las ganas del otro. Un poco menos de uno, cada vez más del otro.


Ese amor idealizado que consiste en dar al otro lo que le falta, en buscar satisfacer al otro. Cuando en realidad no existe ningún vacío ni falta nada cuando el alma está en paz. Pero ¡ qué bello es de cualquier manera el compartir ! ¡ El entregar ¡ El descubrir el mundo ajeno !


El privilegio de dar y de recibir a cambio lo que el otro tiene para ofrecer. Su querer y sus acciones. Su actuar y su palabra. Lo que el otro tiene para darnos, siendo un regalo, es puro, imperfectamente perfecto, es ajeno y por tanto precioso. Es un tesoro a medias.


El amor del otro nos envuelve, nos arropa. Como cuando esos brazos extranjeros a nuestro cuerpo nos rodean. Firmes, sujetan nuestro espíritu por un instante.


El cuerpo y el alma de dos personas que se miran de frente, que se hacen vulnerables por y para el otro, se vuelve el lugar más seguro en el mundo por un rato.


Ese amor que se vive en la tierra es la bendición de un amor compartido. De un amor de dos que van a la par. De un acuerdo común de marchar juntos.


Es cuando cierras los ojos y aún puedes ver al otro. No hace falta que lo contemplen tus ojos para verlo. En la oscuridad de los párpados cerrados, tu interior lo reconoce perfectamente.


Besos, besos, besos, hay besos que van a desaparecer y son sin embargo eternos. Dejan huellas transparentes en la piel. Cuando los besos tocan el alma ;

los labios que traza líneas en nosotros, recorriendo nuestros secretos;

los ojos que acarician nuestros fallos y los corrigen con la afección de la aceptación.


El amor del hombre es la ausencia de la falta de amor. El cuidado de cuidar los desgarros del otro. La paciencia de aceptar la ausencia de comprensión mutua. El deseo de descubrir el lenguaje del otro;

la luz en la oscuridad de una habitación apagada,

el fuego en las entrañas, los labios que tiemblan.


El amor es pintar un lienzo con colores verdaderos, juntos, diversamente, libremente. Arrancar lo artificial. Desnudar el alma. Amar el verdadero otro, natural, solo, enteramente.


Esa ilusión de un amor que sería simplemente una danza de a dos en la que dos voluntades van juntas a la par.



Crédito foto : Tiko Giorgazde

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